La mistificación monetaria

Joseph Stiglitz es uno de los economistas a los que más admiro por su teorización y modelización de las imperfecciones de los mercados. Gracias a su labor se ha conseguido paliar, al menos parcialmente, las críticas de quienes afirman que los modelos económicos son representaciones poco acertadas de la realidad. Fue por ello que Stiglitz sería galardonado en 2001 con el Premio Nobel de Economía. Además, su popularidad en España aumentó considerablemente tras manifestar su apoyo al movimiento 15-M en 2011.

Ayer precisamente me encontraba en Elpais.com un artículo muy interesante de este autor titulado “La mistificación monetaria” donde analizaba con gran detalle los efectos de la última ronda de Quantitative Easing (compra de activos mediante la impresión de dinero por parte de un banco central) anunciada por la FED, aprovechando la ocasión para hacer algunas menciones a las OMT (compras de deuda de países en apuros) del BCE.

Aunque resulta muy pretencioso por mi parte intentar corregir a un Premio Nobel, creo que el análisis de Stiglitz, sin dejar de ser excelente, precisa de algunas matizaciones:

En primer lugar, Stiglitz habla de la necesidad de recurrir a la política fiscal (aumento del gasto público o reducciones de impuestos) ante la ineficacia de la política monetaria. Así, recomendaba a EE.UU. y a la UE llevar a cabo políticas fiscales expansivas en lugar de optar por la austeridad.

Sin embargo, EE.UU. mantiene un elevado déficit estructural, es decir, un déficit que no será eliminado ni siquiera cuando su economía opere a pleno empleo. Esto se debe a las rebajas fiscales aprobadas por George Bush durante su mandato con el objetivo de reactivar la economía tras los atentados del 11-S y el estallido de la burbuja tecnológica. Aunque las medidas deberían haber tenido un carácter temporal, como decía Friedman, “no hay nada más permanente que las medidas temporales de los gobiernos”. De hecho, el propio presidente Obama no ha contado con el apoyo suficiente para eliminar unos beneficios fiscales que además se centran en las clases sociales más altas. Así pues, aunque reducir el déficit en EE.UU. no debe ser una prioridad, sí que sería deseable que existiese una senda creíble de reducción del mismo a medio plazo.

En la UE, por su parte, pocos países cuentan con margen de maniobra suficiente para llevar a cabo políticas fiscales expansivas. De hecho muchos países han sido (o amenazan con ser) expulsados de los mercados financieros a través de costes prohibitivos de financiación. Otros como Francia, donde el gasto público es el segundo mayor de la UE en porcentaje del PIB (56% del PIB) cuentan con escaso margen para aumentar más el gasto. Tan sólo Alemania y algún que otro país nórdico cuentan con cierto margen para aumentar el gasto. Por tanto, lo que la UE necesita es una verdadera unión económica y política de manera que los países en buena situación económica puedan transferir recursos a los países que se encuentran en la fase bajista del ciclo para que éstos puedan a su vez suavizar el ritmo de reducción del déficit público. En definitiva, tanto EE.UU. como la UE precisan de planes creíbles de reducción del déficit. No obstante, no debe confundirse en ningún caso credibilidad con rapidez.

Por último, en una parte del texto Stiglitz afirma que las políticas monetarias ultraexpansivas, al reducir el coste de uso del capital, es decir, el tipo de interés, favorecen en cierta medida la sustitución de trabajadores por máquinas aumentando así el desempleo. Si bien el argumento es totalmente válido, la destrucción de empleo por esta vía no debe entenderse como algo negativo. Así, se cuenta que en cierta ocasión un economista occidental visitó la China de Mao y vio como unos obreros construían una carretera utilizando picos y palas para allanar el trayecto. El economista sugirió al jefe de obra chino utilizar bulldozers para agilizar el trabajo. Sin embargo, el jefe de obra chino, ofendido, respondió: “Está usted loco. Si utilizásemos bulldozers destruiríamos muchos empleos”. A lo que el economista contraatacó diciendo: “Ah, de acuerdo. Pero si lo que pretenden es crear empleo, utilicen cucharas en lugar de palas”.

En definitiva, la creación de empleo es un fin loable pero siempre que ésta se derive de un aumento de los niveles de producción y bienestar en un país.

 

A pesar de estos dos pequeños matices, el artículo de Stiglitz es altamente recomendable. De hecho, en otras ocasiones el propio Stiglitz ya ha sugerido la necesidad de una reforma del sistema fiscal estadounidense. En cuanto al segundo matiz, aunque la destrucción de empleo por esta vía parece presentarse en el artículo como una consecuencia poco deseable de la política monetaria, Stiglitz en realidad tan sólo se limita a predecir la sustitución de trabajo por capital sin manifestar su opinión al respecto.

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