La otra crisis

Probablemente 2007 y 2008 sean recordados como los años en los que se originó la mayor crisis económica y financiera desde la Gran Depresión. Sin embargo, en ese mismo periodo tuvo lugar una crisis, si cabe, de consecuencias más devastadoras, la crisis alimentaria. Así, en 2007 y 2008 el precio de muchas materias primas relacionadas con la producción de alimentos subió considerablemente.

Este aumento de precios fue especialmente doloroso para los países en vías de desarrollo, donde sus habitantes destinan una mayor proporción de su renta al consumo de alimentos. Así, muchas personas que, gracias al crecimiento económico de años anteriores, habían salido de la pobreza volvieron a caer en ella.

Aunque en 2009 tuvo lugar una caída del precio de los alimentos, en 2010 de nuevo se produjo un repunte. De hecho, este repunte fue la chispa que hizo estallar la Primavera Árabe a finales de 2010 y principios de 2011 (soportar a dictadores tiranos resulta menos gravoso cuando el pan es barato y abundante).

Las causas del aumento del precio de materias primas esenciales para el consumo humano como el trigo, la soja o el maíz se deben tres tipos de factores: factores de demanda, factores de oferta y factores de carácter institucional.

Entre los factores de demanda cabe destacar, en primer lugar, el aumento del precio del petróleo, las perspectivas de que éste se agote en unas décadas y sus adversos efectos sobre el medio ambiente. Estas circunstancias han llevado a muchos gobiernos a buscar combustibles alternativos derivados de productos agrarios. De este modo, muchos cultivos se destinan a llenar el depósito de un vehículo en lugar del estómago de las personas.

Por otra parte, el propio progreso económico de países como China, Rusia, India, Brasil, Tailandia… ha provocado una sustitución en los hábitos alimenticios. Así, las familias de estos países han sustituido el consumo de cereales y legumbres por carne. Para alimentar a los animales que producen dicha carne se precisa una cuantía de cereales muy superior a la que dejan de consumir esas familias. Por ello, la demanda de estas materias primas ha aumentado considerablemente.

Por último, entre los factores explicativos del aumento de precios por el lado de la demanda debe resaltarse la política monetaria ultraexpansiva que países como Estados Unidos, Gran Bretaña o la Unión Europea están llevando a cabo para contrarrestar los efectos de la crisis económica y financiera. Este aumento de la masa monetaria mundial es, en cierta medida, responsable del aumento de los precios de muchas materias primas.

Por otro lado, entre los factores de oferta deben señalarse las diversas catástrofes naturales que han afectado a la producción de cereales. Así, por ejemplo, 2010 fue un año especialmente seco en Rusia mientras que Australia fue asolada por graves inundaciones. Dado que estos países son dos de los mayores productores de cereales del mundo, la oferta mundial se redujo considerablemente.

Desde el punto de vista institucional, el propio aumento de los precios de los productos agrarios llevó a países como Rusia o Egipto a restringir sus exportaciones de trigo. Esto les permitió gozar de una oferta interna más abundante y unos precios domésticos menores a costa de reducir considerablemente la oferta mundial y hacer aumentar los precios internacionales.

Teniendo en cuenta estas causas, podemos proponer una serie de soluciones:

En primer lugar, deben llevarse a cabo las medidas oportunas para evitar que los desastres naturales arruinen las cosechas. Para ello, es necesario tanto evitar los propios desastres como mejorar la capacidad de respuesta de las cosechas ante los mismos.

Gran parte de las catástrofes naturales son atribuibles al calentamiento global provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Por ello, conseguir un acuerdo internacional legalmente vinculante que sustituya al Protocolo de Kyoto que expira en 2012 resulta prioritario. Desafortunadamente, no existe ninguna institución a nivel internacional con capacidad para hacer cumplir acuerdos de este tipo.

Por otro lado, el uso de cultivos modificados genéticamente para ser más resistentes a plagas, sequías e inundaciones podría reducir en gran medida la pérdida de producción derivada de estos fenómenos. No obstante, los efectos de estos cultivos sobre la salud humana aún no han sido plenamente testados. Por ello, en una primera etapa, el uso de estos cultivos debería limitarse a la producción de biocombustibles.

En segundo lugar, organismos como la Organización Mundial del Comercio (OMC) deberían evitar la aplicación de restricciones a las exportaciones de alimentos. De hecho, algunos expertos aseguran que si estas restricciones fuesen eliminadas podrían salir de la pobreza más de tres millones de personas en el mundo. Sin embargo, aunque el bienestar global fuese mayor, el bienestar del país que levanta las restricciones a la exportación podría ser menor. Además, el precio de los cereales podría seguir siendo inasequible para muchas personas que viven en países en vías de desarrollo.

Por ello, el libre comercio de cereales debe complementarse con un sistema global de transferencias y préstamos a tipo de interés reducido para los países más vulnerables. Las transferencias podrían ser gestionadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) mientras que los préstamos podrían ser ofertados por la Asociación Internacional de Fomento (IDA), una de las instituciones que componen el grupo del Banco Mundial (BM). De hecho, la IDA se dedica en la actualidad a conceder tales préstamos a los países menos adelantados aunque la financiación se destina al desarrollo de infraestructuras físicas y sociales.

La financiación ofrecida por estas instituciones debería centrarse en ofrecer a las familias más necesitadas subsidios para el consumo de alimentos. Asimismo, en los países en desarrollo una gran parte de las cosechas se pierde por la carencia de silos o por las dificultades que los productores se encuentran a la hora de llevar sus excedentes al mercado. Por ello, destinar una parte de la financiación a la mejora de las infraestructuras de almacenamiento y transporte resulta también importante.

Asimismo, dentro de cada país (e incluso de cada comunidad autónoma y localidad en el caso de España) se pueden encontrar diversos programas de ayuda a países en vías de desarrollo. Aunque toda ayuda es siempre positiva, es deseable que dicha ayuda sea gestionada de forma centralizada por alguna de las instituciones anteriores ya que éstas cuentan con mayor experiencia y, sobre todo, mayores medios para vigilar que la financiación se destine al fin perseguido.

En definitiva, si se toman medidas de este tipo, el aumento del precio de los alimentos no tiene por qué ser un problema. De hecho, estos aumentos de precios permiten mejorar los ingresos de los agricultores, un colectivo que generalmente presenta unos niveles de renta inferiores a la media y del cual depende una gran parte de la población de los países en vías de desarrollo. Además, las mejores perspectivas del sector agrario contribuyen a evitar la despoblación de zonas rurales y la masificación de las ciudades y sus consiguientes efectos adversos sobre el medio ambiente.

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