Worst-case scenario (El peor escenario posible)

Ante el deterioro continuo de la situación económica española son muchos los que se hacen preguntas del estilo a “¿Qué más puede empeorar?” o “¿Qué es lo peor que podría pasar?”. Por ello, pretendo ahora describir el peor escenario económico posible para nuestro país:

Hasta ahora los aumentos de la prima de riesgo no han impedido que nuestro país pueda colocar importantes volúmenes de deuda pública en cada una de las subastas celebradas por el Tesoro. De esta manera, nuestro Gobierno cuenta con liquidez suficiente para afrontar la diferencia entre sus gastos y sus ingresos aunque obtener esta liquidez cada vez sale más caro. No obstante, los volúmenes colocados en cada subasta son cada vez menores, de manera que nuestra situación se asemeja cada vez más a la de países como Grecia, Irlanda o Portugal que llegaron a un punto en el cual no existían prestamistas dispuestos a financiar sus niveles de déficit por muy alto que fuesen los intereses pagados. Fue por ello que solicitaron el rescate, es decir, que el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) les prestase los fondos suficientes a un tipo de interés asequible. Pero, como sabemos, esos préstamos tan favorables suelen venir acompañados por duras condiciones que provocan importantes manifestaciones, huelgas generales, cambios de gobierno…

Para tener realmente el peor escenario supondremos que España llega a esta situación en la que nadie está dispuesto a prestarle y que, además, el FEEF no rescata a nuestro país por un desacuerdo sobre las condiciones a imponer a cambio de la financiación ofrecida por este Fondo. Dado que los ingresos de la Hacienda española son mayores que sus gastos y que no existe nadie dispuesto a ofrecer un préstamo a España que le permita cubrir esta diferencia, algunos de los gastos deberían ser aplazados o simplemente no pagados. Sin embargo, asumiremos inicialmente que nuestro país decide mantener el nivel actual de gastos y, además, honrar todas sus deudas (quizá parezca que estamos relajando el peor escenario posible pero pronto el lector verá que esta decisión llevará a España al abismo).

Pero, ¿cómo va España a mantener un nivel de gastos superior al nivel de ingresos si nadie le presta? Solución: pedir al Banco Central Europeo (BCE) que nos preste a un tipo de interés nulo o muy reducido, es decir, que imprima dinero para financiar el déficit público español. Obviamente, desde Frankfurt (sede del BCE) nos mandarán a freír espárragos. De este modo, si el Gobierno español se resiste a aplicar el ajuste fiscal necesario, podría comenzar a imprimir su propio dinero, es decir, abandonar el euro y recuperar una moneda sobre la cual tenga plena soberanía para crearla en la cuantía que le plazca. Acabamos de recuperar la peseta.

Antes de continuar con la descripción del peor escenario posible conviene realizar algunas aclaraciones acerca del funcionamiento del mercado de divisas. En estos mercados los individuos compran una moneda ofreciendo otra. Por tanto, como en todo mercado, el precio (en este caso el tipo de cambio de una moneda por otra) se determina por el equilibrio entre la oferta y la demanda de una moneda. Supongamos que en nuestro escenario el Gobierno español decide establecer un tipo de cambio fijo de 166,386 pesetas por euro (el mismo que estaba vigente en el momento de la entrada en la moneda única). Para garantizar este precio en el mercado, el Banco de España (BdE) deberá comprar (vender) pesetas cuando la demanda de pesetas sea débil (fuerte) y existan presiones para que baje (suba) el precio. La venta de pesetas resulta relativamente sencilla puesto que al BdE le basta con imprimirlas. Sin embargo, la compra resulta más compleja puesto que exige que el BdE cuente con reservas de otras divisas o de oro para comprar pesetas.

Además, si el Gobierno obliga al BdE a imprimir pesetas para financiar el déficit y evitar así subir impuestos y reducir gastos, el aumento de la oferta de pesetas generará presiones bajistas sobre el tipo de cambio de la peseta. El BdE, para contrarrestar tales presiones deberá comprar pesetas con sus reservas de oro y otras divisas. Sin embargo, tales reservas son limitadas de tal manera que, en el momento en el que se agoten las reservas, el tipo de cambio de la peseta quedará fijado por el mercado. A este tipo de crisis monetarias se le conoce en la literatura económica con el nombre de Crisis de Primera Generación. Estas crisis fueron sufridas por numerosos países latinoamericanos durante la década de los 80.

Volvamos ahora a nuestro peor escenario posible. Nuestras tenencias de euros en los bancos y nuestros préstamos han sido redenominados en pesetas. Además, dado que hemos asumido que el Gobierno no tiene la menor intención de reducir el déficit y planea recurrir a la emisión de dinero para financiarlo, existirá una clara expectativa de depreciación de nuestra moneda.  Ante este panorama, una gran parte de los tenedores de pesetas tratará de deshacerse de éstas comprando activos denominados en otras monedas (por ejemplo, venderíamos los bonos del Tesoro españoles y compraríamos bonos alemanes) para protegerse de la eventual depreciación de la moneda española. Esta mayor demanda de monedas extranjeras (y mayor oferta de pesetas) precipitará la depreciación de la peseta.

La única solución para evitar la depreciación de la peseta sería instaurar restricciones a las salidas de capitales (es decir, una reducción de la demanda de otras divisas y de la oferta de pesetas), unas restricciones que ya fueron eliminadas por España en 1992. No obstante, algunos países que se han enfrentado a crisis monetarias como Malasia en 1997, optaron por restringir las salidas de capitales pese a las críticas de organismos como el propio FMI, que auguraba que esta medida destruiría la credibilidad económica del país. Sin embargo, Malasia experimentó una estabilización de su moneda y de su economía mucho más rápida que otros países como Tailandia o Indonesia que se resistieron a aplicar estas restricciones. Además, al cabo de pocos meses Malasia pudo incluso levantar esta restricción. Desde entonces, el FMI no se muestra tan obcecado en preservar la libre circulación de capitales. No obstante, las restricciones de capitales en presencia de una fuerte creación de dinero resultarían poco eficaces para limitar la depreciación de la peseta. En este contexto tendría lugar un aumento considerable de los precios de los bienes importados como el petróleo, los ordenadores o los teléfonos móviles entre otros.

Por otro lado, una vez que se anuncie la vuelta a la peseta o que la mayor parte de la ciudadanía piense que dicho retorno se aproxima, se producirá un pánico bancario, es decir, todos los ciudadanos tratarán de retirar sus ahorros en euros de los bancos para llevarlos a bancos de países donde el euro cuente con una mejor expectativa de supervivencia. Sin embargo, el negocio bancario es un negocio basado en la confianza, ya que un banco presta con vencimiento a varios años el dinero que sus depositantes podrían exigirle de forma inmediata. Así, si todos los depositantes exigiésemos mañana nuestros ahorros, el sistema bancario no podría atender esta exigencia, es decir, muchos ahorradores tendrían que esperar días o meses hasta poder recuperar sus depósitos. Para mantener una cierta fluidez en las transacciones económicas diarias, deberían limitarse las retiradas diarias o mensuales de dinero de los bancos (por ejemplo, cada cliente que disponga de una cuenta corriente en un banco no podría retirar más de 100€ al día de su cuenta), es decir, se instauraría el denominado “Corralito”, al igual que aconteciera en Argentina durante los primeros años de la pasada década.

No obstante, la propia Argentina tras unos años de inestabilidad y de fuerte caída del tipo de cambio del peso con respecto a las principales monedas, experimentó algunos años de fuerte crecimiento económico. No obstante, Argentina decidió no seguir pagando sus deudas y mantener elevados niveles de déficit público que financia mayoritariamente aún a día de hoy mediante la impresión de pesos (más que nada porque después de haber dejado de pagar su deuda, son pocos los prestamistas dispuestos a prestarle a un tipo de interés medianamente aceptable). Esto ha provocado tasas de inflación próximas al 20% anual que han erosionado considerablemente el poder adquisitivo de las clases sociales con menor poder para indiciar sus ingresos a la inflación.

Análogamente, en España la depreciación de la peseta supondría una fuerte ganancia de competitividad que permitiría aumentar de forma considerable las exportaciones y con ello el crecimiento económico y el empleo. No obstante, cuando los españoles saliésemos al exterior, nos encontraríamos con que somos más pobres que antes, ya que 166,386 pesetas no equivaldrán a un euro sino quizá tan solo a 20 céntimos.

Además, los prestamistas de nuestro Gobierno, ante el temor a una nueva depreciación de nuestra moneda, nos exigirían unos tipos de interés superiores, es decir, la prima de riesgo no se reduciría considerablemente (incluso podría aumentar). De hecho, los temores a la depreciación hacían que en 1995 la prima de riesgo española se situase en niveles similares a los actuales. No obstante, al contar con nuestra propia autoridad monetaria, siempre podríamos exigir al BdE que imprima dinero para comprar deuda pública al igual que ahora se lo rogamos al BCE sin que éste nos haga ni caso. Eso sí, la impresión de dinero traería consigo a medio plazo un aumento de la inflación.

 

En resumen, si no reducimos el déficit y no tiene lugar ningún tipo de rescate nos espera la expulsión del euro, la vuelta a una peseta cuya cotización estará en caída libre durante algún tiempo, un Corralito bancario y unos mayores niveles de inflación. No obstante, la inflación es el más injusto de los impuestos puesto que reduce en mayor medida el poder adquisitivo de aquellos individuos con menor capacidad para indiciar sus rentas a la inflación que suelen ser además los individuos de menor renta. Además, una mayor inflación provoca que los prestamistas exijan mayores tipos de interés para evitar la pérdida de poder adquisitivo. A su vez, esos mayores tipos de interés suponen un lastre para la inversión la cual es el motor del crecimiento económico y la generación de riqueza a largo plazo. No obstante, el recurso a la creación de dinero podría ahorrarnos algunos recortes en servicios sociales básicos como sanidad, educación, pensiones o dependencia. No obstante, ningún país ha podido mantener en el largo plazo un nivel elevado de servicios sociales básicos mediante la creación de dinero para financiarlos.

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