Ventas a corto

El otro día, mi amigo Oli compartía en su cuenta de Facebook un enlace (http://www.agarzon.net/?p=1040) al blog de Alberto Garzón (economista y diputado de IU) donde explicaba las ventas a corto. A mí particularmente me pareció la explicación algo enrevesada y por ello voy a intentar ofrecer algo más simple.

Las ventas a corto consisten fundamentalmente en vender en una fecha futura un activo en unas condiciones pactadas de antemano. Por ejemplo, yo podría acordar hoy con mi amigo Oli venderle un kilo de naranjas el 20 de diciembre a un precio de 1 euro/kilo.

Pero podría ocurrir que yo actualmente no tuviese tales naranjas. En ese caso hablaremos además de unas ventas cortas al descubierto. No obstante, creo que no tendré ningún problema en comprar las naranjas el mismo día 20 de diciembre y vendérselas ipso facto a Oli. Si el kilo de naranjas costase 95 céntimos, Oli estaría obligado a comprarlas a 1 euro tal y como acordamos, por lo que yo obtendría una ganancia de 5 céntimos. De igual manera si el precio fuese superior a un euro yo experimentaría una pérdida.

Hasta aquí todo normal. Sin embargo, las ventas a corto han sido en muchas ocasiones duramente criticadas. La razón de esta crítica radica en que el desembolso económico inicial en estas operaciones es muy escaso en comparación con el que hubiese sido necesario en caso de que yo hubiese comprado hoy las naranjas y las hubiese vendido en la fecha pactada (suponiendo que las naranjas no fuesen un bien perecedero). Si efectivamente ocurre esta última circunstancia y suponemos que el precio de las naranjas es hoy de 95 céntimos, habré desembolsado inicialmente 95 céntimos y el 20 diciembre ingresaré 1 euro. Es decir obtendré una rentabilidad de 5 céntimos por una inversión inicial de 95 céntimos, esto es, un 5,26%.

Sin embargo, en el caso de las ventas a corto los reguladores (en realidad cámaras de compensación) tan sólo suelen exigir un garantía mínima al individuo que mantiene una posición abierta (es decir, el individuo que experimenta pérdidas o beneficios cuando sube o baja el precio. En nuestro ejemplo, Oli está totalmente cubierto ante cambios en los precios ya que siempre pagará un euro por el kilo de naranjas. Sin embargo, la rentabilidad que yo obtenga variará en función del precio que las naranjas tengan el 20 de diciembre). Esta garantía podría ser por ejemplo del 5% del valor de la operación (en nuestro caso 5 céntimos). Uno podría pensar que esta garantía es mínima y no cubre ningún tipo de riesgo. No obstante, dado que la compra y la venta se ejecutan de manera prácticamente simultánea yo no necesito desembolsar (o ingresar) más que la diferencia entre el precio de las naranjas ese día y el precio acordado con Oli. Así por ejemplo, si el precio fuese de 1,02€, el 20 de diciembre yo sólo debería desembolsar 2 céntimos por lo que los 5 céntimos de garantía exigidos por la cámara de compensación son más que suficientes. No obstante, si el precio fuese de 1,06€, los 5 céntimos no serían suficientes. Por ello, las cámaras de compensación suelen exigir garantías adicionales para que la cantidad depositada nunca sea inferior a la pérdida que tendría lugar si el precio el día de vencimiento del contrato fuese igual al precio actual.

Volviendo al ejemplo, supongamos que sólo hemos tenido que aportar los 5 céntimos de garantía iniciales y que el precio de las naranjas es de 0,95€ el 20 de diciembre. En este caso, con un desembolso inicial de 5 céntimos obtengo una rentabilidad de 5 céntimos, es decir, del 100% frente al 5,26% que obteníamos anteriormente. Por ello, con poco dinero puede obtenerse una gran rentabilidad (o una gran pérdida).

Si en vez de contratos de un euro hablamos de contratos por cientos de millones de euros podemos hacernos una idea de los beneficios de los grandes especuladores y los movimientos tan abruptos que estas “megaoperaciones” pueden provocar en los precios de los activos.

No obstante, prohibir estas operaciones de forma sistemática impide que gente como Oli puedan comprar sus naranjas (o cualquier otro activo) sin asumir ningún tipo de riesgo. Además, detrás de cada uno de estos especuladores debe existir una contraparte como Oli. Por tanto, la prohibición sistemática de estas operaciones no resulta, a mi parecer, adecuada. Además, el poder desestabilizador de los especuladores dependerá en gran medida de la fortaleza o debilidad del activo, es decir, si yo veo que los especuladores atacan a la deuda española (es decir, existen muchas operaciones de venta a corto sobre estos valores) y leo en el periódico que regiones como Cataluña, la Comunidad Valenciana  o Murcia van a solicitar un rescate al Gobierno Central, me entrará el pánico y no compraré (o venderé) deuda española. Sin embargo, si los especuladores atacan a una economía sólida como Alemania con tasas de crecimiento bastante aceptables, déficit público reducido y decreciente, tasa de paro de poco más del 5%, etc, pensaré que ese especulador está cometiendo un error y me mantendré tranquilo.

Por tanto, los especuladores son como aquellos niños del cuento de “El Traje Nuevo del Emperador” que eran los únicos que no tenían miedo a decir que el Emperador iba desnudo.

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